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Artículos de Opinión | Salvador González Briceño | 26-04-2015 |    

En lo oscurito, planchado y a espaldas de la sociedad, así se es como se gesta desde hace dos años —junio de 2013— el Tratado Trasatlántico de Comercio e Inversiones (el TTIP), por lobistas de Estados Unidos de América y cabilderos de la Unión Europea, como los muchos tratados comerciales tramposos que se han firmado entre países desde los tiempos oscuros del reinado neoliberal.

Apenas el pasado sábado hubo manifestaciones de protesta en 45 países europeos contra el también llamado “Tratado USA-UE”, porque la voz ciudadana augura que les espera un futuro similar al saldo del TLCAN, el acuerdo entre EUA-Canadá-México, donde tanto ciudadanos como trabajadores obtienen cero beneficio. Peor aún, saben que las multinacionales beneficiadas atentan contra las legislaciones nacionales en materias como: el medio ambiente, la salud, la seguridad alimentaria, entre otras.

La convocatoria fue, en el “Día de Acción Global”, 18 de abril, para “generar conciencia” sobre acuerdos similares en otras partes de mundo (como TTIP, TPP, TISA y CETA) que resultan guiados por la misma agenda desreguladora y liberalizadora, por lo que se convoca con el “fin de parar el acuerdo de libre comercio e inversiones y promover una economía que funcione para las personas y el medio ambiente”.

“A lo largo de las últimas décadas, las empresas trasnacionales y los gobiernos han impulsado tratados de libre comercio y de inversiones a espaldas de los ciudadanos, vulnerando nuestros derechos y los del medio ambiente…Entre todas y todos podemos parar los acuerdos que se están negociando y trabajar para revertir los impactos nocivos de los tratados pasados. Juntas impulsamos nuestras alternativas que se fundamentan en la primacía de los derechos humanos por encima de los privilegios y beneficios de las grandes empresas”. Etcétera.

Ni más ni menos argumentos conocidos en países como México, en donde se negoció desde 1990 por el equipo de Carlos Salinas de Gortari (1988-1994), con el de lobistas de George H. W. Bush, el presidente de EUA y Brian Mulroney, primer ministro de Canadá, el TLCAN que se firmó en 1992 y entró en vigor el 1ro de enero de 1994, el día del levantamiento zapatista en Chiapas.

En México, en lo sucesivo llegaron las cifra alegres como el crecimiento del comercio ¡en 500% entre 1993/2012!, ¡la inversión extranjera directa pasó de 1,200 mdd a 12,656 mdd en el mismo período! Un negocio que llevaría a México ¡al primer mundo!, al formar parte ¡del área de libre comercio más grande del planeta! Un acuerdo en donde “las cadenas productivas integradas existentes entre las tres economías, pues las tres naciones no sólo se venden productos entre sí, sino que producen conjuntamente”, decían los negociadores Carla Hills (EUA), Jaime Serra Puche (México) y Michael Wilson (Canadá).

Un negocio que favoreció a los países al norte del Bravo, y a las trasnacionales. En México creció, pero el déficit de cuenta corriente, golpeó a un sector agrícola que no podía hacer nada sin los subsidios que reciben los granjeros estadounidenses, más los bloqueos en productos como el atún, el aguacate, etcétera. Sin flujo de trabajadores entre los países, más con caída libre en las percepciones salariales y el abandono del campo. Más pronto que tarde el encanto se convirtió en amenaza para la economía mexicana. Se volvió juego de espejos.

No es el espejo de Alicia en el país de las maravillas, es el: “de te fabula narratur!”: a ti se refiere la historia de Marx.

¿Qué se esperan del TTIP en Europa? En términos genéricos, como el resto de tratados promovidos desde los centros económicos: derribar las barreras, todos los aranceles al comercio (¡ah GATT, de triste memoria!), bajo las promesas de mejorar las condiciones económicas de los países. Solo que en este caso se trata de un país y un bloque en términos de presunta igualdad.

Pero no. EUA pretende controlar los negocios desde el comercio del viejo continente. A sabiendas de que está ahora en bancarrota. Por eso quiere el tratado de libre comercio, no para apoyar sino para meterles el pie a los productores. No para sacar de la crisis a las economías de los países europeos sino para sacar provecho. Pese a las cuentas alegres: 800 millones de personas, la mitad del PIB mundial, un tercio de los intercambios comerciales globales, la mayor zona de libre comercio antes vista, etcétera.

En todo caso, EUA pretende contrarrestar el peso de los lazos comerciales de Rusia, pero sobre todo de China, por varios países del mundo. Con una diferencia. En tanto los tratados comerciales han resultado profundizadores de las desigualdades entre países y bloques, los acuerdos como los BRICS tienen otra dinámica: invertir para el desarrollo, aún y cuando sea también en términos mercantiles o de negocio.

Pero aún eso marca una diferencia, como se podrá comprobar si avanza y profundiza la relación entre Grecia y Rusia, por poner un ejemplo. La historia lo dirá, pero las diferencias son de principios y de fondo. La naturaleza, pues, entre los mencionados acuerdos y los tratados del “mundo libre”. México es el ejemplo de esto último, Brasil de lo primero. Grecia será el ejemplo en el viejo continente, para referirse a un país de hoy, tras la visita de Tsipras a Moscú.

Pero por los grandes riesgos, no se equivocan los manifestantes en Europa del pasado fin de semana, porque las amenazas son reales y de alto riesgo. Como el México manufacturero, y de bajísimas tasas de crecimiento en el PIB.

Fuente: Alai-Amlatina
Publicado por tercero.