Travis Kalanick, Fundador de Uber, la pesadilla de los taxistas

 Ixone Díaz Landaluce

Lo odian. Taxistas de medio mundo ven en Travis Kalanick al hombre que quiere arruinarles la vida. Y se han alzado en pie de guerra contra su empresa, Uber, una aplicación que no cesa de robarles clientes. No es la primera vez que este millonario de 37 años pone un sector contra las cuerdas. Ni será la última, amenaza Kalanick.

Travis Kalanick se ha hecho millonario gracias a Uber. 

 Llueve a cántaros en Nueva York. Con la mano alzada, turistas y ejecutivos luchan, a menudo con malas artes, para conseguir que un taxista se pare y los salve del chaparrón. Esta estampa tan típicamente neoyorquina podría tener los días contados. Y Uber, la polémica aplicación que conecta a conductores particulares y pasajeros, convertida en el medio de transporte de moda entre los urbanitas, es la responsable. Hasta tal punto que el gremio del taxi, apoyado por las autoridades locales, se ha alzado en pie de guerra por ciudades de todo el mundo.

Sin embargo, de momento los taxistas parecen llevar las de perder, ya que los usuarios aseguran que los coches son mejores, más limpios y, sobre todo, que el servicio es más barato y rápido que el de los taxis convencionales. Es tal su éxito que en los Estados Unidos Uber ya se ha convertido en un verbo (como ocurre con Google o Twitter). Un triunfo que hay que adjudicar a un carismático ingeniero informático de 37 años llamado Travis Kalanick, cofundador y consejero delegado de la compañía.

De pequeño, Kalanick quería ser espía. En el instituto ya era el chico de las grandes ideas, con un don innato para la persuasión y una confianza arrolladora en sí mismo. De su madre, directora de publicidad del periódico LA Daily News, heredó el instinto comercial; de su padre, un ingeniero, una cabeza privilegiada para las matemáticas. Con 18 años puso en marcha su primer negocio: un servicio para preparar el SAT, equivalente estadounidense a la selectividad. Con sus notas podría haber escogido cualquier universidad, pero se enroló en el campus de Los Ángeles de la Universidad de California para quedarse cerca de casa. El resto es la típica historia del genio precoz que, tras matricularse en Ingeniería Informática, abandona la carrera antes de licenciarse. Tenía mejores cosas que hacer.

En 1998 montó junto con unos compañeros de clase el buscador multimedia Scour Inc. y el servicio de intercambio de archivos audiovisuales Scour Exchange. El invento puso a la industria del entretenimiento en pie de guerra, que con la Motion Picture Association of America a la cabeza demandó a la compañía por infringir derechos de copyright. Scour esquivó la demanda declarándose en bancarrota. Pero el revés lo hizo más fuerte.Un año más tarde fundó Red Swoosh, otro servicio de intercambio de archivos que vendió en 2007 por 19 millones de dólares. Kalanick se convirtió así en un joven millonario con chef personal y mucho dinero. En aquella época, su mansión era refugio de jóvenes que trataban de persuadirlo para financiar sus proyectos mientras jugaban con él a la Wii.

Así las cosas, en el verano de 2009, tras una temporada viajando por España, Francia, Grecia, Islandia, Groenlandia, Japón o Senegal, Kalanick y Garrett Camp un amigo suyo lanzaron Uber en San Francisco. Kalanick siempre ha reconocido que la idea fue de Camp después de que, una Nochevieja, él y unos amigos se gastaran 800 dólares en un coche con chófer. Solo cuatro años después, y gracias a inversores como Goldman Sachs, Google o el dueño de Amazon, Jeff Bezos, el servicio está presente en 131 ciudades de 38 países y el valor de la compañía alcanza los 18.000 millones de dólares. Uber factura 20 millones por semana, tiene 1000 empleados en nómina y, según el propio Kalanick, su volumen de negocio se duplica cada seis meses.

La empresa, sin embargo, no es la única que hace negocio aquí. Sus conductores en ciudades como Nueva York o San Francisco ganan cerca de 90.000 dólares al año. «Funcionamos más como un chulo que como un jefe. Dependiendo de la ciudad, Uber se queda con el 20 por ciento y el conductor se embolsa el resto», explica. A Kalanick, un tipo controvertido en sus palabras y en sus formas, Fortune lo ha nombrado «héroe rebelde de Silicon Valley», mientras le llueven las comparaciones con gurús tecnológicos como Jeff Bezos o Steve Jobs. Quienes lo han tratado lo describen como una persona inteligente, descarada e inquieta, pero también arrogante y con un ego sobresaliente. Su vida, dicen, es su start-up.

Y no se conforma con hacerse inmensamente rico, quiere trascender y se tiene por un héroe moderno que se ha echado encima al sector del taxi de medio mundo. «Quieren proteger un monopolio que les ha sido facilitado por las autoridades locales. Nosotros trasladamos el mensaje de que un transporte más barato y de mejor calidad es posible. Y creo que nuestra narrativa está ganando», opina.Puede, en todo caso, que sus próximos rivales sean aún más poderosos. Kalanick pretende desafiar la necesidad de tener un coche en propiedad en un país como los Estados Unidos, donde hace solo una década había más vehículos registrados que conductores. «Muchos de nuestros clientes ya nos dicen: ‘He vendido mi coche, así no tengo que pagar el garaje’. Eso son 500 dólares al mes. Les ahorramos 6000 al año», explica.

Pero Uber tiene planes de expansión más inmediatos: desde abril opera Uber Rush, un servicio de mensajería. De momento, solo en Manhattan, pero podría competir pronto con la mensajería tradicional. Kalanick también debe preocuparse de la competencia de empresas como SideCar, Hailo o Lyft, aunque de momento domina el mercado. «Tenéis mucho que aprender, clones», tuiteó Kalanick el año pasado tras usar el servicio de Lyft. Pero Uber también tiene sus problemas. Por ejemplo, garantizar la seguridad del servicio. No en vano algunos conductores han sido demandados por acoso sexual a pasajeras. A lo que se añaden las críticas a sus prácticas empresariales.

En enero, varios empleados solicitaron más de cien servicios que después cancelaron de una compañía de la competencia para obtener los teléfonos de sus conductores y ofrecerles trabajo. Inmune a las críticas, Kalanick se defiende: «Somos agresivos porque queremos tener tantos coches en la calle como sea posible y que el tiempo de recogida sea menor. A veces puede que un equipo en Shanghái o Nueva York sea demasiado agresivo reclutando conductores, pero tenemos principios sólidos y nos sentimos cómodos con nuestra forma de actuar». Agresivo sin disculparse por ello, ambicioso y seguro de sí mismo, solo alguien como Kalanick podría haber conseguido que Uber ya se conjugue como un verbo. De momento, en futuro perfecto.

¿Cómo funciona uber?

Solo se necesita un smartphone. La aplicación gratuita de Uber hace el resto: te localiza geográficamente y te indica en un mapa qué conductores están disponibles para recogerte en cada momento. Puedes escoger a tu chófer a la carta consultando en su perfil el tipo de coche que tiene, las puntuaciones que le han dado otros usuarios, dónde está ubicado… El resto de la experiencia funciona exactamente igual que el clásico taxi. Eso sí, cuando llegas a tu destino, no sacas la cartera. El pago se realiza a través de PayPal o de una tarjeta de crédito asociada a la cuenta de Uber. Nada de efectivo. Ni siquiera para la propina. Los precios los fija la propia compañía.

En Barcelona, por ejemplo, aparte de una tarifa base de un euro, cada minuto añade 0,30 euros o 0,75 por kilómetro. Uber recauda el 20 por ciento de cada carrera. Para convertirse en uno de sus conductores, solo hay que tener el carné de conducir en regla y un coche propio con su seguro.Mientras Uber es la bestia negra de los taxistas, iniciativas como Blablacar son la pesadilla de los trenes y las compañías de autobuses. El concepto, sin embargo, es diferente. Blablacar funciona como una red social que pone en contacto a conductores y viajeros para realizar trayectos entre diferentes ciudades y, de paso, compartir gastos como peajes y gasolina. Y el pago se realiza en metálico.

Otros sectores que la tecnología pondrá patas arriba

El transporte, con empresas como Uber, y la hosteleria, con el intercambio vacacional, han sido los primeros afectados. La revolución tecnológica, en embargo, no piensa detenerse ahí.

Banca

Lo dijo el presidente del BBVA en XLSemanal hace semanas. «La amenaza digital va a más». Francisco González se refería a los planes de Google, Apple, Amazon o Facebook para el sector financiero, algo que quita el sueño a banqueros de medio mundo. Los gigantes tecnológicos ya diseñan estrategias para captar clientes en el sector. El primer paso serán las transferencias, para pasar después a préstamos y depósitos. La amenaza para la banca es de órdago, ya que estas empresas cuentan con una base de clientes infinitamente superior a la de las entidades y disponen de ingente efectivo para asumir riesgos. Según las previsiones del sector, en cinco años, los gigantes digitales habrán triplicado sus clientes bancarios.

Medicina

Al médico nunca lo sustituirá la tecnología no del todo, al menos, pero el crecimiento de las apps médicas solo en Google y Android ya hay más de cien mil afectará al negocio de la salud, si bien muchas de estas apps han sido desarrolladas por la propia industria. El móvil pronto se transformará en un dispositivo que tome lecturas de ritmo cardiaco, oxígeno y glucosa en sangre, tensión, actividad eléctrica del corazón, condición respiratoria, temperatura corporal; y será capaz incluso de realizar mamografías, ultrasonidos o indagar en el interior del oído. El objetivo final de los investigadores es diagnosticar enfermedades a distancia reduciendo drásticamente los costes médicos y mejorando la atención.

Fabricación de objetos

Dicen sus defensores que la irrupción de las impresoras 3D nos permitirá construir cualquier cosa: prótesis, esculturas, anillas para las cortinas de las ducha, menaje para el hogar e incluso coches. Pero ¿qué sucederá cuando millones de personas puedan hacer, copiar, intercambiar, comprar y vender todo tipo de objetos? La impresión 3D, auguran los expertos, abre la puerta a todo tipo de productos piratas. Una situación comparable a la forma en que Internet ha desafiado a la industria cinematográfica, musical y editorial con las descargas ilegales. Puede ser el fin de las grandes tiendas de artículos para el hogar. Un golpe que, de paso, afectaría a la recaudación de los impuestos sobre el consumo.

Publicado por La Finanzas