Hace tiempo que me hago esa pregunta, y mi respuesta es siempre esta: ¡¡nada!! Igual me estoy perdiendo algo, pero podría decir lo mismo de otros ejemplos que hoy llevan esa ambigua etiqueta de “Economía Colaborativa” o “Consumo Colaborativo”.

En un post sobre Zinc Shower 2015 decía precisamente eso, que hay mucha “economía colaborativa” que tiene poco de “colaborativa”, y que éste es un concepto que demanda una revisión crítica. Me molesta que se usen adjetivos que generan buena prensa y simpatía social para renombrar transacciones que son meros negocios, por muy buenos que sean estos, que lo son.  Así que decir que AirBnB o Uber son “colaborativos” es un eufemismo que sólo sirve para camuflar la esencia puramente lucrativa de ambas empresas.

Para mí está fuera de duda que alquilar, en lugar de comprar, es una opción de lo más saludable. También que hacer eso, en vez de seguir obsesionados con la propiedad, va a ayudar a que vivamos en un planeta más sostenible. Suscribo, además, que compartir (e incluso monetizar) recursos y capacidades infrautilizadas, ociosas o excedentarias es una buena idea. Así que desde esa perspectiva, se trata de algo positivo que hacemos bien en impulsar. Pero de ahí a llamar “colaboración” a cualquier transacción que siga esa lógica, incluido el mero alquiler o la contratación de un servicio, me parece como mínimo tramposo.

Digo eso porque el hecho de que “el acceso prime sobre la propiedad” no es un indicio en absoluto de que algo sea “colaborativo Tampoco que se prefiera “disponer” en vez de “comprar”, porque eso es precisamente lo que ocurre en cualquier modalidad de alquiler, que es más viejo que el Tato, y que de colaboración tiene poco. Y si “intercambiar bienes y servicios a través de plataformas digitales” en transacciones donde media el dinero es “consumo colaborativo”, entonces apaga y vámonos, porque en ese saco cabría de todo. Según esa definición, un plomero o un contable que se apunta a un marketplace para vender sus servicios por Internet (“intercambia” servicios por dinero), estaría practicando también la (mal llamada) “economía de la colaboración”, algo que me parece absurdo.

Desde mi punto de vista, para que el adjetivo “colaborativo” tenga sentido, tendrían que darse características como estas:

Debería haber un “trabajo (consumo) realizado conjuntamente” (por ejemplo, cuando se comparte un coche).La relación que se establezca debe ser de “socios”, y no de “cliente-proveedor” (esta es una distinción importante, que hace singular lo “colaborativo”)En principio no debería mediar dinero en el intercambio; aunque matizo, se podrían compartir costes y pactar compensaciones para balancear el acceso conjunto a un bien, pero una parte no paga a la otra por el tiempo o cantidad consumida porque entonces estaríamos hablando de una transacción mercantil como cualquier otra, de las de toda la vida. Lo más genuino sería el trueque de bienes y servicios (prestar, regalar, intercambiar) en el que no intervenga el dinero, o que el rol de éste sea claramente secundario porque el objetivo principal es otro, el de practicar una cultura Co- que entraña valores.La relación entre las partes debe ser P2P. Equilibrada y gestionada según reglas fijadas por los propios socios. La figura del intermediario (“marketplace”) debería ser transparente y evitar cualquier tentación de concentrar un poder excesivo. El intermediario puede cobrar para costear sus servicios, gestionando su rol como una unidad de costes, pero no como un extractor de plusvalías extraordinarias.

Leía esta semana un post de Julen Iturbe, con el que no puedo estar más de acuerdo cuando decía que “en vez de usar la oferta tradicional -el hotel- se crea la ilusión de que nos dirigimos a una persona particular cuando en realidad alimentamos al monstruo de nuevo -Airbnb o quien sea- y reforzamos las dinámicas centralizadoras. No, no hay (casi) nada colaborativo en muchas de esas propuestas sino simples re-intermediaciones de la mano de lo que ofrece Internet como mercado de información”.

Insisto, la colaboración es cosa de socios, pero en muchos de los proyectos de los que se habla en magazines de referencia como OuiShare o ConsumoColaborativo.com la relación es de proveedor/cliente, el intercambio es puramente monetario y no hay evidencias de cultura Co- por ningún sitio. Incluso tampoco hay consumo “compartido”,  porque a menudo el bien se usa mayoritariamente para una transacción lucrativa. Por ejemplo, una segunda residencia que no se habita nunca y solo se alquila a través de AirBnB. Un coche que el dueño ha comprado o usa para prestar servicios “de taxi” a través de Uber. O un servicio como el de Compartoplato en el que el cocinero no comparte lo que le sobra o que guisó en exceso, sino que elabora sólo para vender, porque ha visto que tiene clientes. En estos casos no se “comparte” nada, sino que estamos hablando de un servicio profesional muy parecido al que haría un autónomo.

Por extensión, no es lo mismo Uber que BlaBlaCar. El primero busca rentabilizar activos ociosos, y genera por lo tanto un lucro directo (y profesional) para el propietario del activo. El segundo conecta conductores con pasajeros para compartir los costes de trayectos en coche que se hacen de forma conjunta, en una relación que se parece más a la de “socios”. Tampoco es igual AirBnB que Couchsurfing (una plataforma que permite pernoctar en el sofá de la casa de un desconocido cuando se viaja) porque el factor cultural, de socialización y compartir experiencias, es lo que mueve al último, mientras que la motivación del primero es estrictamente económica.

Si “economía colaborativa” es Uber o AirBnB, entonces ya no queda nada de ese propósito tan loable que se planteaba en sus orígenes ver al consumo como una opción política. Si tomamos a esos modelos como referencia, la supuesta “ruptura con el capitalismo” que nos venden es un blof; y ya sabemos que detrás de esa supuesta cultura altruista y vocación social se esconden empresas millonarias que han hecho de la retórica colaborativa un gran negocio.

Fíjate que en esta entrada ni menciono el delicado asunto del limbo regulatorio, que es algo que señalamos todos. Pero la confusión semántica inherente al término “consumo colaborativo” parece apuntalar ese vacío jurídico, porque evoca una retórica informal y relajada como si se tratara de algo que sólo compete al ámbito particular y por tanto solo debe estar regulado por la confianza. No es cierto tampoco.

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