Un taxi fabricado en Almussafes circula por una calle de Nueva York. / lpUn modelo de los míticos ‘Yellow Cabs’ de la Gran Manzana se fabrica en la factoría Ford de Almussafes, de donde también salen taxis para Los Ángeles, Hong Kong y Canadá

FERNANDO MIÑANA | VALENCIA

La factoría Ford en Almussafes es un hormiguero de 2,7 millones de metros cuadrados donde todo está pautado. Todo se mide en minutos o en centímetros. También en kilos, claro. Y allí, dentro de ese caos organizadísimo, hay un rincón donde nacen algunos de los taxis de Nueva York. Es el Ford Transit Connect, un vehículo a mitad de camino entre una furgoneta y un utilitario, muy al gusto de los norteamericanos, que adoran los coches espaciosos con amplios maleteros.

El Transit, que también se comercializa como vehículo de carga, transporta a pasajeros por la Gran Manzana, y por ciudades como Los Ángeles y Boston. También por otros países como Canadá y Hong Kong. Los taxis que viajan a Asia hacen una parada en Italia para cambiar el tanque de gasolina por uno para gas.

Al rincón de la Transit en Almussafes solo le falta música de Tchaikovsky. Pues ballet parece el movimiento sincronizado, al centímetro y al segundo, de los robots que trabajan cada parte del coche. Los brazos agarran con firmeza una pieza, la elevan, la giran y la picotean o perforan, según toque. Las chispas saltan en un inesperado espectáculo visual. Ráfagas incandescentes que apenas duran un instante. Los laterales del coche, de unos cuatro metros de longitud, pasan rozando las vallas protectoras. Pero los robots no fallan. Podría parecer una película de ciencia ficción si el diseñador les hubiera dado una forma más humana, al estilo del C3PO de ‘La Guerra de las Galaxias’. Y sin embargo, un rostro y unas piernas no hubiesen aportado nada y les basta y les sobra con unos raíles para sus movimientos laterales.

Los tiempos en los que todo se hacía a mano, cuando la factoría valenciana se inauguró en 1976 -en octubre de aquel año salió el primer Ford Fiesta-, ya son historia. Ahora cuenta con unos 8.000 trabajadores (600 ingenieros) en nómina para sacar su producción y este año esperan alcanzar las 400.000 unidades. También se dejó de trabajar en ‘stock’. Hoy todo va por pedido. Incluidos los taxis valencianos de Nueva York. Si quieren 10, se hacen 10. Porque de este modelo en concreto, con su dualidad de pasajeros o carga, existen 350 posibilidades de acabado. Para empezar, en los taxis de Estados Unidos el volante está colocado a la izquierda y en los de Hong Kong, a la derecha.

Salvador Bahilo, jefe de lanzamiento del Connect y el Kuga en Ford Valencia, explica alguna de las peculiaridades de los célebres ‘Yellow Cabs’. «El taxi americano es más espacioso, con más sitio entre los asientos y luces a los pies por si quieren llevar a mano sus maletitas…».

– ¿Y por qué se fabrica en Valencia y no en Estados Unidos, como hacen con el carismático Crown Victoria?

– Ford quiere globalizar su producción y este modelo concreto solo se fabrica aquí.

El color que más se ve

El identitario baño amarillo, eso sí, se lo reservan los neoyorquinos. De Almussafes sale blanco, con una etiqueta que especifica su destino y unos apliques anticorrosión para proteger las ruedas de los coches que van a cruzar el océano. Al llegar al destino los visten de amarillo, el color que se convirtió en oficial en 1967, cuando la ciudad sufría una masificación insoportable entre los taxis legales y los ilegales y se adoptó esta fórmula para distinguirlos.

Aunque este color venía de años atrás, cuando el fundador de la Yellow Cab Company, John Hertz, leyó en un estudio de la Universidad de Chicago que el amarillo es el color más fácil de divisar. Su apuesta triunfó tanto que si hubiera que elegir un color para la ciudad de Nueva York sin duda sería el amarillo de sus taxis.

El inicio de su historia se remonta a finales del siglo XIX. Pero el sistema de bajada de bandera no se inauguró hasta el 1 de octubre de 1907, cuando un taxi cogió a un pasajero frente al hotel Plaza. Se implantó después de que un conductor se enojara porque le habían acusado de cobrar una fortuna, cinco dólares, por un trayecto. Vamos, como si ahora le pidiesen a un turista 115 dólares por ir de la 47 a Wall Street, unos diez minutos de trayecto. Por eso se estableció una tarifa fija por cada milla recorrida. Los taxis no estuvieron regulados hasta la segunda mitad de los años treinta, cuando el alcalde Fiorello H. La Guardia (el que da nombre a uno de los aeropuertos neoyorquinos) firmó en 1937 la Ley de Haas, que establecía las licencias oficiales y el sistema de medallones que sigue vigente.

Al principio se repartieron 16.900 medallones, pero la cifra descendió hasta 11.787. Ahora hay 13.437 licencias que dan de comer a cerca de 50.000 taxistas, que atienden a una población de casi nueve millones de habitantes, sin contar los viajeros que llegan por miles cada día a NY. Los vehículos pasan tres revisiones al año.

Los taxis de Nueva York también transportan unas cifras deslumbrantes, como que cada año recorren 125.500 kilómetros, tres vueltas casi completas a la Tierra. Recorren esa distancia para satisfacer las 485.000 carreras que realizan cada día, 175 millones al año. A este ritmo, la vida media de un taxi es solo de 3,3 años. Hay días poco productivos que suelen coincidir con los festivos (Año Nuevo, Acción de Gracias…), pero también con inclemencias meteorológicas. Los taxistas no olvidan dos muy recientes: el huracán Irene (28 de agosto de 2011) y la supertormenta Sandy (29 de octubre de 2012), que acabó con otro icono, el maratón de Nueva York. Esos días no llegaron ni a los 350.000 trayectos.

Manhattan concentra el tráfico amarillo. El 90% de los taxis se cogen en la isla y el 3,5%, en los aeropuertos. El taxi en Nueva York no es especialmente caro y si se viaja en compañía puede ser una opción muy recomendable. El taxista ingresa una media de 13,40 dólares por carrera. Es más caro que la media nacional, pero más barato que en otras grandes ciudades estadounidenses como Boston, Los Ángeles, San Francisco o San José.

La edad media del conductor es de 46 años y no es fácil ver a un lugareño al volante. Solo el 6% de los taxistas son estadounidenses. Lo más fácil es subir a un ‘cab’ y encontrarse a un chófer de piel cetrina. Casi la mitad procede del sur de Asia. De India (9,3%), Pakistán (13%) y, sobre todo, Bangladesh (23%).

Si uno subiera a todos los taxis de Nueva York sería muy difícil averiguar qué país no está representado en este cosmos. Hay taxistas de más de 175 nacionalidades. Más extraño es encontrarse con una mujer al mando. Solo hay 536 conductoras, el 1%. Y eso que han pasado más de 70 años desde que se estrenó la primera, Gertrude Hadley Jeanette, una adelantada a su tiempo que fue la primera mujer en obtener una licencia para conducir una moto en Nueva York y la primera en pilotar un taxi. Lo logró en 1942, aprovechando que, a causa de la II Guerra Mundial, no había tantos hombres. No duró mucho. Pasado un tiempo cambió de profesión. De taxista a actriz

Publicado por las Provincias.es