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La aparición en Valencia del cólera y las pésimas condiciones higiénicas obligaron a las autoridades a abrir la ciudadLos avances en armamento con los explosivos de largo alcance mostraban el carácter obsoleto de la fortificación

ÓSCAR CALVÉ

 VALENCIA

El próximo viernes 20 de febrero se celebrará el 150 aniversario del derribo de las murallas de la ciudad de Valencia. Se trata de un acontecimiento que transformó de manera irrevocable aquel panorama urbanístico configurado en el ocaso medieval. No sólo el lienzo defensivo fue víctima de aquella decisión, pues diez de las doce puertas que lo jalonaban sucumbieron durante diversas obras vinculadas a esta tarea inicial. Lejos de cualquier posible prejuicio conservador, las autoridades promovieron con celeridad un multitudinario acto anunciado a bombo y platillo que debía celebrarse en los alrededores de la Puerta del Real, ubicada frente al puente homónimo. Si el sábado 18 de febrero el gobernador civil Cirilo Amorós recibía un telegrama real autorizando aquel proyecto tantas veces postergado, el lunes 20 de febrero, a las 16.30 horas y ante una muchedumbre entusiasmada, el propio Amorós asestaba el golpe inaugural del derribo tras un breve y emocionado discurso. Inmediatamente la explosión de júbilo se confundió con el fragor producido por los picos y palazos de más de un centenar de hombres. Aunque entre ellos se hallaban zapadores-bomberos, la mayoría eran trabajadores del arte de la seda a los que diversas vicisitudes les habían conducido a un forzoso paro.

Quizá hoy lo consideremos una aberración patrimonial, pero es preciso ponerse en la piel de aquellos hombres. Varios factores impulsaron la demolición. Algunos visibles, otros velados. Entre los más evidentes puede resaltarse la pérdida del valor funcional de la muralla, en Valencia y en otras ciudades. Los avances armamentísticos en artillería pesada y explosivos de largo alcance no sólo mostraban el carácter obsoleto de la fortificación, sino que también obligaban a tomar medidas que oprimían aún más el recinto urbano. Era preciso crear una zona militar cada vez más amplia, exenta de cualquier construcción. La muralla constreñía el natural desarrollo urbano, generando un anillo sin edificaciones por fuera del recinto, agravando las diferencias entre el casco urbano y las poblaciones periféricas. En el contexto valenciano deben añadirse unas pésimas condiciones higiénicas agravadas con diversos brotes de cólera-morbo asiático, así como el hacinamiento de una clase obrera sin trabajo. Paralelamente, el imaginario colectivo se había contaminado del afecto por las alteraciones que la urbe venía desarrollando, muchas vinculadas al controvertido concepto de modernidad. En aquella época resultaría compleja la defensa de una armadura que, más que proteger, ahogaba a la población. No deben olvidarse los intereses creados en torno a la explotación de un abundante terreno que se revalorizaría tanto por las nuevas viviendas como por las incipientes infraestructuras de transporte que el progreso estaba generando.

Ya en 1856, las autoridades valencianas enviaron un escrito a Las Cortes solicitando la demolición de las murallas, puesto que Valencia no estaba considerada como plaza fuerte. Pronto se inició un pleito entre el Ayuntamiento y la Capitanía General en torno al titular del usufructo de aquellos terrenos que se liberarían tras la demolición de la muralla. La municipalidad valenciana ganó el litigio y sólo las Torres de Cuarte -entonces prisión militar- permanecieron en poder del estado. Valencia, al igual que otras muchas ciudades, transformó su percepción de las murallas «de collar de perlas a cinturón opresor», en palabras de la experta María del Mar Serrano.

En 1862 el viajero francés Antoine de Latour describía el recinto amurallado valenciano con estas palabras: «Valencia posee todavía bellas murallas almenadas. Su recinto que, parecido a la cintura de una bella matrona se ha ido ensanchando con el progreso de los siglos, bajo los godos, los árabes, los cristianos, data, en su forma y extensión actuales, del reinado de don Pedro IV de Aragón y del año 1356.».

Sólo cuatro años más tarde, en 1866, Domingo Andrés y Sinisterra publicaba un opúsculo titulado ‘El derribo de las murallas de Valencia en los años 1865 y 1866’, en el que defiende la demolición para el mayor ornato y engrandecimiento de la ciudad, definiendo la muralla desaparecida como antigua y deleznable. El mismo autor indicaba que la apertura de la ciudad les transportaba «a las márgenes del Sena en París, o a las del Támesis en Londres, o al Prado y Retiro en Madrid», aseguraba Domingo Andrés y Sinisterra.

La fase inicial contemplaba la apertura de un espacio entre la ciudadela y la puerta de San José, posibilitando la creación de un nuevo barrio en la zona norte de la ciudad. El Portal del Real y el de San José, demolidos ese mismo año, anunciaban el destino del resto de las puertas de la ciudad, a excepción de las de Quart y Serranos, salvadas por su utilidad como cárceles.

Las autoridades se comprometieron, en el mejor de los casos, a colocar placas en aquellos lugares más significativos condenados a la desaparición. Todo en aras, según el gobierno municipal, del «ensanche, ventilación y las mejores condiciones higiénicas a la ciudad». En la segunda mitad del siglo XIX muchas ciudades derribaron las murallas por viejas e inservibles, con el discutible argumento de obstaculizar el desarrollo urbano. Valencia no fue una excepción

Publicado por las Provincias.es