El otro día tomé la decisión de usar el taxi siempre que pueda, es decir, rompí con Cabify. Miré por última vez el icono lila en la pantalla de mi móvil y este emitió un brillo apetitoso como el de la manzana que nos expulsa del Edén camino del aeropuerto. Eliminé la aplicación con la misma actitud del borracho que borra el número del camello tras la última noche narcótica. Solo cuando estuve seguro de que no quedaban restos en la memoria interna del teléfono empecé a preguntarme por qué había tomado una decisión tan estúpida. Fue, lo reconozco, puro romanticismo. Como lo de los ingleses del Brexit, como lo de los catalanes de la DUI. Anacronismo.

En cuanto borré el icono de Cabify añoré los asientos impolutos y confortables, que me habían hecho sentir como un ejecutivo de Telefónica en un trayecto de seis euros, y las botellitas de agua de diseño cuqui que yo hurtaba a pares como el turista miserable que manga las toallas del hotel, y la cortesía-blanda-un-poco-forzada de los conductores, y la promesa de un servicio puntual, y la oferta servil de cambiar la música o modular a mi antojo la temperatura del vehículo. Añoré esos Cabifys germánicos y pulcros que me rindieron pleitesía como a un pequeño emperador de la avenida de Aster. Parecía que hubieran brotado por la mañana de una cadena de montaje en lugar de salir de un garaje.

En cuanto borré el icono de Cabify añoré los asientos impolutos y confortables, que me habían hecho sentir como un ejecutivo de Telefónica en un trayecto de seis euros, y las botellitas de agua de diseño cuqui que yo hurtaba a pares como el turista miserable que manga las toallas del hotel, y la cortesía-blanda-un-poco-forzada de los conductores, y la promesa de un servicio puntual, y la oferta servil de cambiar la música o modular a mi antojo la temperatura del vehículo. Añoré esos Cabifys germánicos y pulcros que me rindieron pleitesía como a un pequeño emperador de la avenida de Aster. Parecía que hubieran brotado por la mañana de una cadena de montaje en lugar de salir de un garaje.

Suena bonito, pero para mí Cabify apesta exactamente por estos motivos. La empresa hace creer a los mindundis como yo que somos importantes con un truco barato de ‘marketing’. Los conductores se pagan el traje, se aprenden el discurso como de anuncio de la teletienda, ayudan solícitos, sueltan fórmulas tan prefabricadas como los avisos automáticos de aceptación de ‘cookies’ de esta página web. ¿Dónde está la vida? En esos coches se respira un ambientador plástico. Si quieres que el conductor se suelte y despotrique de sus jefes, tienes que forzarlos. Si quieres que emitan opiniones políticas, más te vale haber contratado un viaje a Badajoz. Esto es así porque su bonus depende de las puntuaciones que les da el imbécil del cliente. Y claro, no se la quieren jugar.Cabify sigue a rajatabla la máxima de que el cliente siempre tiene la razón, cuando todos sabemos que el cliente es un gilipollas la mayor parte de las veces. El cliente es por definición ese ser infantilizado por los mimos del capitalismo, berreante, lírico al quejarse al camarero, chillón y narcisista. Cualquier empresa que trate al cliente como si fuera un dios sobre la tierra merece mi repudio. Somos suficientemente mayorcitos como para ganarnos el aprecio de la gente que se ve obligada a trabajar para nosotros.Cabify sigue a rajatabla la máxima de que el cliente siempre tiene la razón, cuando sabemos que el cliente es un gilipollas la mayor parte de las vecesUn conductor de Cabify me explicó cómo funciona la tiranía del cliente en esa empresa. El hombre había embarrancado el coche contra un bordillo. La maniobra me hizo derramar un poco de agua de la botellita sobre mi engreída pechera. Pese a que me reí, vi que él estaba azorado. Le dije que no pasaba nada y entonces me explicó el asunto de la puntuación. Me dijo que, si no estaba totalmente satisfecho, por favor no le puntuase. Le pregunté a qué se refería y me explicó que Cabify solo les da el bonus si su calificación es de cinco estrellas. Es decir: si un cliente pejiguero le pone cuatro estrellas por culpa de un atasco o un bache, es como si le hubiera puesto un uno. El conductor va a la lona.Así que elegiré el taxi. Comparados con esos coches negros, los taxis parecen un bingo ruidoso y cutre en el que Dios lanza los dados cada vez que levantas el brazo en el paseo de la Castellana. En Cabify hay confort garantizado, pero en los taxis hay una alta probabilidad de encontrar literatura.Hasta que no abres la portezuela trasera ignoras cuál es el universo que te ha asignado el azar. Darás con taxistas habladores y con taxistas parcos, con conductores limpios y conductores guarros, simpáticos y bordes, honrados y trileros, del Madrid y del Barça, de la SER y de la COPE. He oído las mejores historias de la ciudad en los taxis, mientras el buen conductor pitaba a las focas que salían del Nebraska o sorteaba a los moros que corrían con la mercancía liada a la manta.En Cabify hay confort garantizado, pero en los taxis hay una alta probabilidad de encontrar literaturaSi tienes más alma que necesidad de ser tratado como un nuevo rico, te toparás con taxistas quemados, con viejos con pelos en las orejas que sueltan peroratas extraídas directamente de los códices del fascismo, con mujeres taxistas aguerridas, con hombres de países que no sabes que existen y con esos taxistas jóvenes y poligoneros que insultan a los políticos y te llevan al mejor antro de la ciudad.Un buen taxista, entretenido, rápido, hábil y manirroto, es el verdadero premio a un cliente. Si estás a punto de perder el AVE, ese tipo se saltará semáforos y te entregará puntual en el andén.

Publicado por el Confidencial.